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En los primeros tres meses de 2020, las ventas de Pemex retrocedieron un 20 por ciento respecto del mismo periodo del año anterior. 

En paralelo, las exportaciones perdieron un 19 por ciento y la comercialización dentro de México bajó otro 20,7 por ciento.

Todo eso, con sólo un tercio del trimestre afectado por el impacto de la pandemia de coronavirus.

Las causas son variadas.

En rigor, es un cóctel entre caída del precio internacional del barril (un derrumbe dramático para el sector), depreciación del peso mexicano y brusca baja del consumo por el confinamiento.

Todas las noticias anteriores son malas para Andrés Manuel López Obrador, el presidente de México que desde que asumió en 2018 busca potenciar a Pemex y hacerla su buque insignia detrás del que deberían unirse sus ciudadanos.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador.

Pemex y la grieta

Pemex ha sido siempre materia de enfrentamientos políticos internos en México, entre aquellos que la consideran una valiosa herramienta de soberanía, y los que piensan que sólo le genera pérdidas al Estado.

Si se tienen en cuenta sólo los números de 2019, los últimos tendrían la razón: la compañía petrolera estatal mexicana –que nació en 1938 después de que se expropiaran los activos petroleros de Estados Unidos y del Reino Unido– reportó pérdidas anuales por 18 mil millones de dólares.

El grupo acumuló 105 mil millones en deudas, junto con otros pasivos por 77 mil millones.

Incluso Moody y Fitch redujeron su calificación crediticia a extremos negativos.

Según el Financial Times, en una declaración a la Comisión de Bolsa y Valores de los Estados Unidos, Pemex reconoció que sus auditores, KPMG, tienen “dudas sustanciales” respecto de la capacidad de continuar como una empresa viable.

Sin embargo, mientras otros grupos petroleros están reduciendo la producción por la caída del consumo mundial, López Obrador sigue firme en su idea de recuperar el volumen de extracción de crudo mexicano y revertir 15 años de caídas.

Incluso desafió la presión de otros países de reducir la producción en grandes cantidades y sólo aceptó un recorte de 100.000 barriles por día, apenas un 6 por ciento.

Nave insignia

Lo cierto es que Pemex es más que una compañía petrolera.

La misma forma en que nació la convirtió para muchos en un símbolo de soberanía nacional. De hecho, los mismos mexicanos contribuyeron a pagar la expropiación con donaciones.

Su época de gloria comenzó en 1976, con el descubrimiento de un gigante campo petrolero (Cantarell) que se transformó en fuente de divisas para México.

La producción fue creciendo hasta llegar a un máximo de 3,4 millones de barriles diarios en 2004. Un número muy lejano de los 1,7 millones de 2019.

Un dato que muestra las intenciones de López Obrador, un hombre nacido y criado en el estado petrolero de Tabasco durante los años de bonanza de México: le agregó al clásico logo de Pemex de un águila y una gota de petróleo la frase “por el rescate de la soberanía”.

El agregado en el logo de Pemex.

 

¿Lo logrará? Con el Brent oscilando entre 20 y 30 dólares el barril y el WTI en el sótano de los precios, parece complicado.

Más aún con un 2020 en el que nadie cree que la crisis del coronavirus pase sin dejar un fuerte daño en toda las economías.

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