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El próximo martes 3 de noviembre los Estados Unidos elegirá presidente. Las alternativas serán dos: la continuidad por cuatro años del republicano Donald Trump; o Joe Biden, quien buscará volver a poner a un demócrata en la Casa Blanca.

Aunque hay decenas (tal vez cientos) de temas sobre los que se podría especular respecto de las acciones que tomarían uno y otro, por estos días hay uno que sobresale: China.

Es que la relación con el gigante asiático está en su momento más “caliente” en décadas y cómo cada uno la enfrente será clave para la configuración política global.

Algunos analistas dicen que una presidencia de Joe Biden sería más atractiva para las compañías con base en China que cuatro años más de Trump.

Otros aseguran que esto es impredecible y que no habrá mayores cambios de fondo, pero sí de forma.

Es decir, los demócratas suelen tener una estrategia mucho más disimulada a la hora de confrontar, pero lo hacen igual. Mejor retórica, igual política.

¿Cambios?

Una cosa está clara para las tech chinas: quienquiera que esté en la Casa Blanca, la postura dura sobre China llegó para quedarse.

A las empresas como Huawei, ByteDance (TikTok) o Tencent (WeChat) les preocupa el llamado “desacoplamiento” en el que está avanzando los Estados Unidos.

¿Qué es esto? La estrategia de Trump de “proteger” la seguridad del país desacoplando o separando a las filiales locales de sus casas matrices en China.

Eso por un lado. Por otro: conseguir que las fábricas estadounidenses dejen de depender exclusivamente (o en altos porcentajes) de cadenas de suministro centradas en el país de Xi Jinping.

Tanto los republicanos como los demócratas hablan de –palabras más, palabras menos– una “preocupación de seguridad nacional genuina sobre el robo de tecnología”.

Sin embargo, el desacoplamiento del que se habla en los Estados Unidos no es tan simple. 

Si bien Trump en estos años ha tenido cierto éxito al obligar a las empresas estadounidenses a dejar de hacer negocios con gigantes tecnológicos chinos como Huawei, esto ha presionado a las empresas chinas para que desarrollen autosuficiencia en algunas industrias clave en las que los Estados Unidos es proveedor: la fabricación de chips y en procesadores para la inteligencia artificial, por ejemplo.

Este es un gran problema para Washington, porque ambas potencias comerciales se interrelacionan de tal forma que no se puede desacoplar una sin hacer lo mismo con la otra.

Así como los iPhone se fabrican casi enteramente en China con mano de obra del gigante de Asia, centenares de productos tecnológicos chinos tienen internamente chips estadounidenses. 

Los indicadores de ahora parecen indicar que ha habido un rebote en la industria en China.

Como parte de este enfoque de “banear” a China, la administración Trump ha presentado una serie de recomendaciones para las empresas chinas que cotizan en los Estados Unidos y estableció una fecha límite en enero de 2022 para cumplir con las nuevas reglas de auditoría.

Si no lo hacen, corren el riesgo de ser prohibidas.

Si bien una administración de Joe Biden podría no seguir adelante con el mismo deadline de prohibición, los analistas entienden que sí continuarán las “recomendaciones”.

Otra vez: distinta retórica, menos agresiva, pero el mismo objetivo. Los demócratas cambiarían la forma, pero no el fondo de la cuestión.

Según los expertos, un demócrata, ya sea en la Casa Blanca o en el Congreso, tendría pocas razones para retroceder en la postura hacia China.

Culpable

Una cosa en la que ambas partes parecen estar de acuerdo en 2020 es en culpar a China por cualquiera de los problemas de Estados Unidos que no encuentren respuesta lógica a nivel local, y eso no va a cambiar pronto.

Las empresas chinas tampoco quieren demasiados problemas. Un ejemplo es Ant Financial, el gigantesco grupo asiático de servicios financieros digitales que la semana solicitó una oferta pública inicial.

Filial del grupo Alibaba, que cotiza en Estados Unidos y Hong Kong, Ant eligió las bolsas de Hong Kong y Shanghai para vender sus acciones, en lugar de Wall Street.

Es probable que cada vez sean más las empresas chinas que sigan este ejemplo, a medida que las tensiones entre Estados Unidos y China empeoren.

La publicitada “desglobalización” de los últimos dos o tres años está en agenda en esta disputa entre Washington y Beijing.

China ha sido una de los mayores beneficiarias de la globalización durante los últimos 30 años. Este fenómeno ayudó a cientos de millones de chinos a permitirse una mejor calidad y nivel de vida.

Pero esto es precisamente lo que Trump dice que debe cambiar: argumenta que China se ha vuelto más rica y Estados Unidos, a la vez, más pobre.

A lo largo de los casi cuatro años de Trump, la desglobalización, donde las fronteras son menos abiertas y el comercio es menos libre, ha crecido, y es algo que Beijing sabe que no cambiará, incluso después de las elecciones, sea cual fuere el resultado.

Una gran preocupación para muchas empresas en Asia es que sea inevitable un enfrentamiento militar real entre las dos superpotencias. 

La lógica es la siguiente: si no hacen negocios entre ellos, no habría razón para no pelearse a otro nivel.

Esas preocupaciones crecieron esta semana cuando Beijing lanzó misiles al Mar de China Meridional.

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